lunes, 22 de marzo de 2010

Agua y tierra

Una figura corvada con los años, la piel dura, tersa como la quilla de un barco. Los ojos azules como el cielo, la sonrisa amarillenta gracias a su único vicio, el tabaco.

Su trabajo, enterrador.

Va caminando pesadamente hacia el nicho que tiene que hacer, con la foto de la difunta en la mano. Una chica rubia, inocente, de ojos vivaces y pelo lacio miraba a la cámara sonriendo, ahora él tiene que enterrarla. Sus sueños, las emociones, las sonrisas, los llantos, verterá tierra sobre toda una vida, una vida que ya nunca volverá. Alguien había separado a la pequeña a puñaladas de este mundo, demasiados casos parecidos, demasiadas muertes prematuras, maldijo mientras apuraba la última calada de su cigarro.

Recorre el cementerio hasta que llega al punto exacto, una cruz blanca. Empezó a cavar con unas medidas insultantemente chicas, jamás debería cavarse tal nicho. Con parsimonia y emoción, como hacía siempre, pero sobre todo con mucho cuidado, fue creando la última casa que conocería la pequeña. Pedazo de tierra a pedazo de tierra se formaba la cárcel en donde quedarían guardadas tantas cosas...el amor de sus padres, las lágrimas de su hermano, el cariño de sus amigos.

Llegó el cortejo fúnebre, la madre, supuso que era ella, totalmente deshecha en lágrimas. El padre con más entereza ocultaba sus ojos bajo unas gafas oscuras, pero no podía esconder su alma rota. Para el enterrador esto era algo rutinario, casi había dejado de recordar la emoción que produce la muerte de un ser querido, se realizó la misa y, como había estado haciendo tanto tiempo, vertió arena sobre el ataud, coronado por un osito de peluche.

Una última mirada de respeto y se fue, con la pala al hombro y el humo de un cigarrillo. El ser humano es envidioso por naturaleza, nunca dejamos de ser niños, mira al cielo y dice una frase para sí.

- Por qué sólamente se disfruta de la vida cuando se muere?

miércoles, 17 de marzo de 2010

Can't Buy Me Love

Él y Ella.

Llevaban ya un tiempo juntos. Como pareja. Ella no tenía dinero, vivía modestamente, sin derroches. Él sí que tenía, buen coche, renta holgada, una vida de permisos.

A él le daba pena ella, mucha pena, se veía con tanto dinero y la pobre no tenía más que el que gastaba para vivir. Por eso quería invitarla siempre a todo, si ella decía que le agradaba algo, al instante lo tenía, si algo la hacía sonréir inmediatamente era comprado, así él era feliz, comprando, gastando el dinero en la persona querida.

Pasado un año, él fue a la casa de ella por primera vez, estaba nervioso, deseoso por ver cómo vivía, los muebles...quería ver dónde había puesto aquella figura que le compró en la feria, o aquel póster que tanto le gustó.

Nervioso, llamó a la puerta. Ella, apareció con una cuchara grande en la mano, le señaló el salón y corriendo se fue a terminar la comida.

Él avanzó y empezó a mirar, aquí y allí había fotos de ellos dos, por todos lados, pero ni rastro de sus regalos. ¿Cómo es posible? Pensó.

Terminada la comida le preguntó:

- Oye, dónde tienes todo aquello que te regalé?
- Está guardado
- Por qué?
- Me gustaban mucho más nuestras fotos
- Pero entonces para qué te regalo cosas, no las quieres?
- No puedo decir que no quiera cosas, claro que las quiero, y me hace muchísima ilusión que me las regales, pero me hace mucha más aún que tú te quedes ese dinero, y que lo uses para hacerte feliz, que es así como yo me siento feliz.


Nota:
Es muy triste querer a alguien porque te regale cosas, porque te invite, porque te de dinero...Gracias por no quererme así.