Una figura corvada con los años, la piel dura, tersa como la quilla de un barco. Los ojos azules como el cielo, la sonrisa amarillenta gracias a su único vicio, el tabaco.
Su trabajo, enterrador.
Va caminando pesadamente hacia el nicho que tiene que hacer, con la foto de la difunta en la mano. Una chica rubia, inocente, de ojos vivaces y pelo lacio miraba a la cámara sonriendo, ahora él tiene que enterrarla. Sus sueños, las emociones, las sonrisas, los llantos, verterá tierra sobre toda una vida, una vida que ya nunca volverá. Alguien había separado a la pequeña a puñaladas de este mundo, demasiados casos parecidos, demasiadas muertes prematuras, maldijo mientras apuraba la última calada de su cigarro.
Recorre el cementerio hasta que llega al punto exacto, una cruz blanca. Empezó a cavar con unas medidas insultantemente chicas, jamás debería cavarse tal nicho. Con parsimonia y emoción, como hacía siempre, pero sobre todo con mucho cuidado, fue creando la última casa que conocería la pequeña. Pedazo de tierra a pedazo de tierra se formaba la cárcel en donde quedarían guardadas tantas cosas...el amor de sus padres, las lágrimas de su hermano, el cariño de sus amigos.
Llegó el cortejo fúnebre, la madre, supuso que era ella, totalmente deshecha en lágrimas. El padre con más entereza ocultaba sus ojos bajo unas gafas oscuras, pero no podía esconder su alma rota. Para el enterrador esto era algo rutinario, casi había dejado de recordar la emoción que produce la muerte de un ser querido, se realizó la misa y, como había estado haciendo tanto tiempo, vertió arena sobre el ataud, coronado por un osito de peluche.
Una última mirada de respeto y se fue, con la pala al hombro y el humo de un cigarrillo. El ser humano es envidioso por naturaleza, nunca dejamos de ser niños, mira al cielo y dice una frase para sí.
- Por qué sólamente se disfruta de la vida cuando se muere?
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